Fernando III el Santo, en Autillo de Campos

Commemoración de la proclamación de Fernano III, como rey de Castilla

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La nueva normalidad nos sigue regalando momentos emocionantes, primero por la importancia del acontecimiento y segundo por el entusiasmo mostrado para robar proatagonismo al Covid-19.

El grupo de teatro aficionado de Villamuriel ha grabado un vídeo donde escenifican la proclamación de Fernando III el Santo, como rey de Castilla. El rodaje se realizó de forma íntegra en el interior y exterior de la iglesia parroquial de Santa Eufemia, y a las puertas de la ermita del Cristo del Humilladero.

 

Nuestro Presidente que de esto sabe, nos aporta datos sobre dicho evento y nosotros seguimos aprendiendo y compartiendo todo lo que nos cuenta. En esta ocasión nos dedica con acierto unas palabras con cierta emoción y nostalgia también.

 

UN OLVIDO DEL PASADO

que yo quiero recordar

 

Allí, donde la llanura es más llanura, y el agua que viene del cielo, no sabe qué dirección tomar.
Allí, donde la tierra es más tierra, y lo pardo domina por doquier.
Allí, donde los campos se abrazan al lejano horizonte.
Allí, donde Castilla se siente más castellana, y el cielo, es más cielo y más azul. 

Allí en la lejanía, confundido con la misma tierra, escondido en la planicie, en el gran descampado de Tierra de Campos, deteriorado por los siglos, inmutable entre el olvido de las gentes, allí es donde se encuentra un olvido del pasado, que yo quiero recordar.

Su nombre, es nombre de hoy,  porque el de antes, el que tuvo, fue otro, pero todavía conserva el apellido que   delata  su cuna, del lugar donde se asienta, donde siempre estuvo,  Autillo de Campos, nombre de pasado glorioso, aunque hoy sea otra cosa.

Buscándolo por la meseta, un día de otoño, cuando los cielos y la tierra se igualan de ténue colorido y los campos descansan de los trasiegos estivales, lo encuentro al fin, disimulado y escondido entre pardas y grises tonalidades, humilde y mimético como si todavía hiciera uso de la  estrategia mesetaria defensiva, recuerdo  de  un  pasado ya muy lejano.  

Cuando la distancia se acorta y su silueta se agranda, callejas y callejuelas muestran la modestia de este pueblo castellano, que abandonado en un  mar de tierra parda, envejecido por siglos, anclado en un pasado que pretende ser moderno, olvidado por la  indiferencia de unos y de otros, recompone como puede el vivir de cada día. 

Padece la incurable enfermedad de Tierra Campos, esa  que ha diezmado lo que  perteneció al pasado, todo lo que es vetusto y viejo, un mal que esquilma y destruye  lo que recuerda esplendor y grandeza . Los síntomas suelen estar al descubierto y lo poco que a veces queda, son ruinas, tejados que se hunden, torres tambaleantes, abandono de danzas, canciones, usos y costumbres, sin que existan manos amigas, almas sensibles que comprendan que no hay futuro posible, si no se ama el pasado.

Y en la descarnada ribera del Valdeginate, que en verano es seco arroyo  y en invierno  turbulento río, en este pequeño pueblo, ya no hay nada, todo lo de entonces, lo que yo busco, vestigios de su regio pasado, todo se lo llevó el viento. Apenas se distinguen, cercanos a la torre de la iglesia, unos restos de adobe y viejo ladrillo  que parecen ser los únicos testigos del pasado  glorioso y por este motivo, creo yo, han sido despreciados y despojados de sus rancios sabores y hoy en día, humillados, son condenados a servir de almacén para los aperos del campo.  

Es mejor poner tierra por medio, me decía a mí mismo, enojado, este mal no tiene cura y en ello estaba, cuando de repente, una fuerza desconocida, fulgurante y atronadora, como si de la máquina del tiempo se tratara, zarandea, confunde y transforma mi placentera visión de la otoñal campiña. Y como si de una aparición celestial se tratara, temeroso y sorprendido, entre luces opalescentes y un sonoro silencio, compruebo que allí mismo, en un campo todavía más pardo y primitivo, aparecen frente a mis ojos un tropel de gentes antiguas, en un trajín  que desconcierta. Acecho indiscreto y compruebo que son gentes de armas, hombres a caballo vestidos con trajes de guerra, grupos de arqueros y ballesteros, gentes con largas picas, formaciones de escudo y espada, gentes principales que hacen ondear sus banderas y estandartes. Están allí al pie de una hermosa y vetusta fortaleza, de pardos colores amurallada, de altas paredes almenada que encierran una esbelta torre con vigías que otean el horizonte. Sin pensar, me acerco y debajo de aquel hermoso árbol, al que todos dirigen sus miradas, distingo dos figuras y mi curiosa imaginación se acerca más todavía y oye una voz femenina que dice: “Príncipe Fernando, hijo mío, he sabido que nuestro hermano Enrique I, Rey de Castilla, ha muerto en la sede  del obispado de Palencia, ahora soy yo, Berenguela la Reina de Castilla y con engaño os he hecho venir a Autillo desde la Corte de vuestro padre el Rey de León, para deciros, que es mi voluntad que seáis rey de Castilla, y cuando Dios quiera y heredéis el trono de vuestro padre, uniréis para siempre estas hermosas tierras que llamamos Castilla y León” A continuación tremolaron estandartes, banderas y pendones, sonaron clarines, timbales y trompetas, alzaron en el aire al personaje y un grito seco y grave invadió el lugar, ¡Viva el Rey!

Ligeramente atontado, no comprendía bien lo que estaba viendo, y de forma automática, mire mi reloj y vi que marcaba las 11 de la mañana del día 14 de Junio de 1217. Sobresaltado, sacudí mi cabeza, salí como pude de aquel lugar, y levantando nubes de polvo, en alocada carrera, me perdí por los interminables caminos de la meseta castellana.

José Herrero Vallejo

 

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