CHAMBERÍ: SECRETOS OCULTOS DE PALENCIA EN MADRID

UNA IGLESIA MADRILEÑA CON CORAZÓN PALENTINO

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Este año la Fiesta del Carmen en Chamberí quedó reducida a dos actos litúrgicos.

Hace tiempo, nuestro presidente, don José Herrero, nos hablaba de esta iglesia y su relación con Palencia. Hemos hablado con él, para que nos cuente más detalles y como siempre, no nos ha defraudado. Historias de otro tiempo que nos alimentan el conocimiento.

 

Una iglesia madrileña con corazón palentino

La glorieta madrileña dedicada a Joaquín Sorolla, a pesar de llevar nombre tan atrayente, todo el mundo la conoce como Iglesia, una zona popular del Madrid castizo en constante bullicio, a la que contribuye una estación de Metro del mismo nombre y las importantes calles que en ella confluyen.

Esta glorieta se encuentra en el mismo corazón del distrito de Chamberí, la almendra madrileña, ese trozo del viejo Madrid que los madrileños de antes quisieron conservar su nombre, en recuerdo de todos aquellos patriotas que, con su sangre y vida, arrojaron de aquel lugar, entonces baldío, al regimiento francés de ocupación denominado Chambéry,  que había asentado allí su poder, lugar en donde se encuentra hoy la misma Plaza de Chamberí. Es un respeto al pasado que tomaron los madrileños de entonces, y que debían de tener en cuenta los madrileños de hoy, que con tanta facilidad, eliminan los signos o recuerdos de un pasado, que a pesar de todo, no deja de ser pasado e historia.

 

En un lateral de esta amplia glorieta, se encuentra una iglesia, la parroquia de Chamberí, llamada de Santa Teresa y Santa Isabel, que a pesar de sus dos torres, no consigue la esbeltez de muchas de sus hermanas madrileñas, pero, sin embargo, sus muros están impregnados de humanidad y amor popular, de truculenta historia, de avatares y fe religiosa, de sucesos y aventuras. Su construcción se inició, con fervoroso ardor, en 1.842, contando con trabajos de los propios vecinos del barrio, con aportaciones de materiales de construcción de empresarios madrileños, donativos de feligreses, patronazgo del gobierno, cuestaciones en la Puerta del Sol, del arzobispado de Toledo, fondos de obras de teatro y hasta de una corrida de toros, y de la misma Reina Isabel II. Se inauguró en el año 1.856 con vocación popular, pues con ella construyeron también una escuela y un pequeño hospital, con especial dedicación a la mendicidad y pobreza de las gentes.

 

Tiene historias y avatares que contar. Una de sus anécdotas está relacionada con la Reina Isabel II, la cual, como es muy conocido, sufrió un intento de asesinato el 2 de febrero de 1.852, por el cura Martín Merino que  le asestó una puñalada en el pecho  cuando acudió a la iglesia de Nuestra Señora de Atocha, a dar gracias por el feliz alumbramiento de su hija, que después, el pueblo madrileño, conoció con el nombre de la Chata. Condenado a muerte, este clérigo politizado y sanguinario, en el trayecto al patíbulo, pasó la comitiva delante de esta iglesia y aseguró el clérigo “esta iglesia se hundirá después de que me maten a mi”. Y así fue…una de sus torres se derrumbó, no porque el cura tuviera poderes, como se comprobó más tarde, sino que fue debido a un defecto de construcción.

 

En 1.936 el templo fue incendiado, quemado y derribado hasta sus propios cimientos, por lo que perdió, para siempre, todas las riquezas que acumulaba. Nacida del deseo popular de querer, recobró fuerzas, y el templo fue surgiendo de nuevo de la nada, con el esfuerzo generalizado de las gentes de Chamberí. En la temporada 1.942-1.949, recobró el aspecto que hoy tiene, persistiendo, como en sus inicios, una especial dedicación a cumplir con la ley de la caridad cristiana.

 

Las personas conocedoras del arte y la cultura, al comentar la descripción de este templo, le tachan de estilo neobarroco exuberante, pues, en su glorioso interior, se encuentran representadas, en un gran número de capillas, imágenes, cuadros pictóricos, toda una colección de santos y vírgenes, como si fuera un manual de santos de andar por casa, que derrochan curiosidad e interés.

 

Pero al entrar en el templo, allí donde está el altar mayor, los ojos se quedan extasiados y fijos, la mirada es presa inmediata y queda prendida en un retablo reluciente de esplendor y belleza, que llena, por así decirlo, aquel grandioso lugar, la joya de la parroquia. Pero al mirarlo con ojos castellanos, se encuentra en él algo ya conocido, como si su disposición y estilo fuera el recuerdo de otros templos de la vieja Castilla. Y realmente es así, pues estuvo este grandioso retablo, de estilo barroco del siglo XVII, durante siglos, presidiendo el altar mayor de la iglesia parroquial de San Pelayo, de un pueblo de la tierra palentina, Villaumbrales de Campos, que los tiempos le llevaron a ser menos. Fue vendido en tiempos de derrota, de ruina, cuando ya las viejas iglesias del patrimonio eclesiástico palentino necesitaban ayuda arquitectónica, a la diócesis de Madrid en 1.946, por el módico precio de 20.000 pesetas. Tristemente lo que queda  de esta iglesia de San Pelayo, en el hoy humilde Villaumbrales de Campos, no es nada más que el recuerdo, una hermosa torre que languidece en la llanura, enfrentando su senectud a la inclemencia del tiempo y de las gentes, preguntándose en su soledad, que por qué se llevaron también entonces sus piedras de sillar y la dejaron tan pobre y sola.

 

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