Jorge Manrique, olvidado en su tierra.

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En estos días primaverales del mes de abril, de melancólico pesar, viene a mi memoria el recuerdo de  Uclés,  pues acostumbra el mundo literario y cultural a recordar, en esta época, a un genio de la poesía castellana, a un palentino que abandonó este mundo en violenta acción de guerra, en la incipiente primavera de 1.479 y su cuerpo allí descansa, en tierras manchegas. Como nadie es profeta en su tierra, tenemos que ser otros, los que  utilizando los espacios  que amablemente nos brindan, el recordar a este genio,  sintiendo que estas tierras castellanas, tan olvidadizas e indiferentes para todo lo que es suyo, no terminen de encontrar los espacios culturales adecuados que les permita celebrar el recuerdo de aquellos hechos históricos, y de aquellos personajes que les dieron gloria y lustre. Dicen de él, que es el único poeta español que no ha caído en el olvido.

Jorge Manrique, a pesar de ello, está  vivo hoy entre nosotros, pues abatido y desconcertado por la pérdida de su padre, el gran D. Rodrigo Manrique de Lara, hablando el lenguaje íntimo del alma, supo llorar  su muerte,  en unas coplas llenas de sentimiento y cordura, en  bellas y armoniosas estrofas ensartadas en la sublime meditación de un amoroso  recuerdo. Quiso Don Jorge inmortalizar a su padre, y fueron sus Coplas las  que a él mismo inmortalizaron.

Dicen que Don Jorge fue un hijo acuñado por la vigorosa personalidad  paterna, que la guerra fue un destino al que su educación le había llevado, pero que su forma natural de ser,  tenía que estar necesariamente  ligada a una persona sensible, tierna, dotada de lirismo, de fuerza expresiva, de capacidad intuitiva, de reflexión, de melancolía. Liberado  de la exigida  coraza de guerra, de la violencia de las armas, distendido, sin ser consciente de ello, ensanchó su alma de poeta, deslizándose los pensamientos de su mente hacia los caminos de la métrica y de la rima, de la genialidad, de la inspiración, descuidando todo aquello  que de la guerra,  había aprendido de su padre.

       Y así debió de ocurrir, tal como relatan lo hechos de armas, que allí sucedieron: Don Jorge Manrique de Lara, Comendador de Montizón, Caballero Trece de la Orden de Santiago, Capitán de las Hermandades de Toledo, en el anochecer de una tarde del día 24 de abril de 1479, frente a los grises muros del Castillo de Garcimuñoz, el cuerpo guerrero de don Jorge, con 39 años, lleno de amor, de lirismo, de poesía, de genialidad, fue mortalmente herido.

     Entre sus ropas, dicen, encontraron papeles de versos ensangrentados, como si ellos fueran los últimos suspiros de este sublime poeta, cuyo destino hizo que fuera también guerrero.

Todos heredamos desde entonces, y para siempre, el rico tesoro de su genialidad poética, herencia que ha nutrido el sentir y el pensar  de numerosos escritores de todas las épocas, que de una u otra forma, han expresado, en sus escritos, este sentido manriqueño.

Esta amplia y profunda huella, este rastro estelar  que dejó,  sigue vivo entre nosotros,  no solamente por la admiración y el asombro que la rima y la métrica de sus Coplas nos produce, sino también, y muy especialmente, por  su mensaje,  que hilvanado en bellas estrofas y sentidos pesares, sigue atormentando a la mente de los seres humanos, a los seres humanos de antes, de entonces, de ahora y probablemente de siempre. La fugacidad de nuestro tiempo, lo efímero de los bienes terrenales, la vida como camino hacia la muerte, los vaivenes de la fortuna, atormentan al poeta que machaconamente se pregunta ¿dónde están? ¿qué fue de ellos?, ¿dónde están ahora? Son las  mismas preguntas que nosotros nos hacemos hoy,  y a pesar de los siglos transcurridos, sigue  siendo el silencio la respuesta a  tan transcendental pregunta, un silencio existencial que nos lleva en lo desconocido a buscar cobijo y amparo en  creencias espirituales, creencias tranquilizadoras de  nuestra propia existencia. Fue la muerte de un padre idolatrado, el cerrojo que abrió la puerta  a una emoción vital contenida del poeta, y con la elegancia de un genio abatido, vistió con bellos recursos literarios lo que realmente fue para él un desahogo,  que le sirvió para vaciar sus angustias y, tal vez, al así contarlas, tranquilizar su alma.

Es por ello por lo que  los pueblos conquenses, Castillo de Garcimuñoz, Santa María del Campo Rus y Uclés, donde transcurrieron los últimos días de su vida, unidos en lo que llaman Triángulo Manriqueño, nunca se olvidan de él y celebran todos los años, en estas fechas, solemnes recuerdos de amor cultural.

Asi, estas tierras de trigos y cebadas, de olivos y girasoles, de viñas en flor, que despiden en abril olores de poesía manriqueña, fieles a su pasado, cumplen con el sagrado deber exigido a los pueblos que aman la cultura.

Este año, los pueblos palentinos, también se han olvidado de él.

 

José Herrero Vallejo

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